Elsa letting it go

Por si aún no la conocéis, os presento a la Elsa más famosa de los últimos 30 años. Tiene superpoderes para convertirlo todo en hielo, canta una canción pegadiza que ya forma parte de la banda sonora de todas las casas del mundo donde viven niñas capaces de hablar, y ha conseguido que mi nombre se ponga de moda (es divertido ver la cara de orgullo de Valeria cuando sus compañeras me miran y me dicen alucinadas «¡Te llamas como Elsa la de Frozen!»).

Pero no quiero hablaros de esta Elsa, tan lejana y fría, sino de la otra, más visceral y, por desgracia, sin superpoderes. La que no ha escrito ni una línea en este blog en los últimos tres meses, que coinciden con los que ha disfrutado de una excedencia de su trabajo habitual para cuidar de sus tres hijos. Podría haber sido a razón de hijo por mes, pero no: todos a la vez, y todos en casa. Por fin ha llegado el momento de abrir las alas y dejar que los polluelos vayan saliendo, cada uno a lo suyo, al menos de 9 a 5. Las sensaciones que me ha dejado este periodo tan intenso son contradictorias (ha sido divertido aunque he perdido casi cualquier relación con el mundo exterior) pero, ahora que parece que estoy cerrando una etapa, creo que ha merecido la pena y me siento afortunada por haber podido disfrutar de estos meses de verano en casa, a pesar (o quizás precisamente por eso) de que tenía fecha de caducidad.

Y si pudiera ser esta otra Elsa, usaría mis superpoderes para congelar el tiempo y a mis niños justo hoy.

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