Asiento preferente

Esto que os cuento hoy le ha pasado a una amiga.

Mi amiga vive en Madrid y tiene dos hijas pequeñas. Como es muy animada (o, como suele decirle la gente, “está muy loca”), va a tener al tercero dentro de bastante poco. Y como le va la marcha (lo que se suele conocer por “complicarse la vida”), lleva a sus hijas al colegio en metro todas las mañanas y después se va a trabajar. Y por el mismo procedimiento las recoge por la tarde, siempre con su mochila a cuestas donde lleva el ordenador, el táper con su comida y la merienda de las niñas.

Me cuenta que últimamente el metro de Madrid va muy lleno. Que deben de haber bajado la frecuencia de los trenes, o algo así, no se sabe muy bien, pero que a las 9.30 de la mañana, en la línea 1 pasan casi 6 minutos entre un tren y otro. Y mi amiga a las 9.30 ya lleva casi tres horas despierta y ha hecho muchas cosas, y carga con una barriga por delante y una mochila por detrás que pesan casi lo mismo.

Me dice que entra en el vagón sin querer dar pena, aunque preferiría encontrar un asiento libre. Pero que el metro está muy lleno, y que ella parece ser invisible, pese a su volumen. Le gusta pensar que pasa desapercibida, pero sabe que no es una ilusión óptica: su tripa SE VE.

Aun así, de pie, agarrada a la barra y con su mochila descansando en el suelo, ladeándose como puede para dejar paso a más gente, mi amiga se entretiene pensando en las tretas que usa la gente para que quien se levante sea otro:

  • Las señoras de mediana edad, esas que no quieren ser mayores pero entran en el vagón a codazos, que la miran desde su asiento con la autoridad moral que les da saberse merecedoras del derecho a ir sentadas.
  • Otras, más jóvenes, que van tan enfrascadas en su conversación que no se dan ni cuenta de que alguien ha colocado un bulto frente a ellas.
  • Los hombres cincuentones que simplemente miran para otra parte.
  • El que va leyendo un libro y finge no haberse enterado.
  • Los del móvil (casi todos). Es complicado levantar la vista del teléfono cuando el Whatsapp no para de sonar.
  • Las que directamente la miran de arriba abajo (suelen ser mujeres) y no hacen ni el más mínimo amago de disculparse.
  • El que por fin se levanta y le dice, no sin condescendencia: “Anda, siéntate” (“que si no fuera por mí…”).

Mi amiga el otro día fue al centro sola con sus dos hijos y medio. A la vuelta, la pequeña iba dormida en la silla y la mayor no podía con las piernas. El metro estaba lleno, como de costumbre, y ella se quedó de pie sujetándose a sí misma, a la mayor y la silla. Alguien por fin se levantó, y mi amiga dejó que la mayor se sentara. Alguien más le cedió su asiento, no contiguo, y ella lo aceptó, siempre sujetando la silla donde dormía la pequeña. Solo una señora separaba a la niña de su recostarse bajo el brazo de su madre. Dos paradas después, mi amiga se atrevió a decir a su vecina de asiento: “Perdone, ¿le importa a usted cambiarle el asiento a mi hija?”. Tan obvio que hasta le daba vergüenza.

Pero ya os digo que esto me lo ha contado una amiga…

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