Vuelta al cole

Si tienes tres años y estás leyendo esto… es que tu madre te quiere martirizar. En serio: si tienes tres años, entonces te ha tocado empezar el cole hace unos días y por tanto ya has podido darte cuenta de que la vida es dura. Sobre todo si tu más tierna infancia ha transcurrido entre algodones, al calor del hogar y a la sombra de un árbol en el parque. De repente, todo es presión: madrugar, ponerse el uniforme, llegar antes de que suene la campana… Y demostrar que eres una niña lo suficientemente mayor como para que ese gran cambio que supone empezar el cole sin haber puesto un pie en la guardería no te haga soltar una lagrimilla en un momento dado.

Y yo, como madre, reconozco que con Valeria no las tenía todas conmigo. O quizás no confiaba en ella lo suficiente. A pesar de lo “necesaria” que puede llegar a parecer la guardería (que se relacionen con otros niños de su edad, que aprendan a comer solos en un comedor, que se pongan malos para coger defensas, que adquieran horarios y hábitos… todo ello en preparación de lo que será la Infantil), con la pequeña este paso nos lo saltamos. Supongo que mi manera de ser y de entender la maternidad (que es mía, y no tiene por qué ser buena) me lleva a pensar que no quiero que mi hija de 2 años tenga la misma presión que un ejecutivo de 40 en una multinacional. Pero a día de hoy y después de dos semanas de “adaptación”, creo que no nos equivocamos. Ella ha disfrutado de estos años en casa a su ritmo y ahora va al colegio contenta y motivada… ¡espero poder decir lo mismo cuando tenga 13!

De todas formas, es cierto que tanto para la adaptación de Adriana como para la de Valeria yo he tenido la flexibilidad que he necesitado para poder llevarlas y recogerlas los primeros días, y creo que eso les ha dado seguridad o, al menos, me la ha dado a mí. Y también debo reconocer que echamos mano de un par de amiguitas en las mismas circunstancias: Emma y Lulú, para las fans de esta última. A Emma en concreto le hemos copiado la idea de la bolsita de los tesoros y en ambos casos fue una buena herramienta para desviar la atención y que no se les olvidara que mamá y papá estaban muy cerca.

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