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Te llevas el iPod al trabajo, te colocas esos auriculares estupendos (no los de la foto, otros) que te prestan para aislarte hasta de un simulacro de incendio y pones la sesión aleatoria. Ay, esa sesión aleatoria. Que sí: el placer de lo inesperado; tu pinchadiscos particular; la diversión en forma de botón. Hace mucha gracia cuando de verdad te llevas una sorpresa en forma de canción pero no tanta cuando tienes el iPod lleno de música infantil y tus hijas no están cerca. Que estés escuchando el Cantajuego Navideño como si fuera lo más normal del mundo no da muy buena imagen en lo que a gustos musicales se refiere. Yo creo.

Pero esta vez al shuffle infantil le permití una licencia. De repente, flamenquito pá niños, y qué gustito mis orejas. Dos veranos seguidos sonando en el coche de Chiclana a Cádiz, en Tarifa con el viento de levante y en Barbate con latas de atún de almadraba en el maletero. Al pasar por el Balbino en Sanlúcar para comernos las mejores tortillitas de camarones del mundo. De camino a Vejer y de vuelta a Chiclana… Todo el rato (y cuando digo todo el rato es TODO EL RATO) escuchando y cantando esto. Y, durante unos minutos, el gris de Londres es dorado, azul y verde, la oficina huele a mar y en la pantalla ya no ves líneas y letras sino cubos y palas. ¿Dónde dices que estoy?

A los de Flamenco Kids los conocimos en un concierto en el Matadero hace dos años, cuando los Veranos de la Villa tenían una programación infantil como para no salir de allí. Adriana y Valeria eran muy pequeñas, pero nos gustó tanto a las tres que nos compramos el CD y desde entonces lo pinchamos cada verano porque todo en él es bueno y bonito. Hace mucho que no se les oye, así que espero que estén preparando algo igual de refrescante porque seremos las primeras en comprar una entrada.

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