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Me ha llamado la atención este artículo que leí hace unos días sobre la vuelta de las mujeres al hogar y a las tareas tradicionalmente femeninas. En parte porque me he visto horneando pan (compulsivamente) y en parte porque no me imaginaba que el debate estuviera yendo por ahí. Es verdad que visito con frecuencia Inopia City y que no suelo analizar las cosas muy a fondo, mucho menos cuando se trata de mí, pero no me esperaba que volver (porque supongo que en algún momento nos marchamos) a la cocina, esta vez disfrutando de ella, se considerara un retroceso. Quizás el error fue dejar de cocinar o, mejor dicho, generalizar la idea de que eso es algo secundario.

En primer lugar, me da la impresión de que lo que hacen las mujeres, en una dirección o en otra, siempre se presta más a críticas por quienes circulan en sentido contrario que cuando se trata de los hombres. Igual es que damos por hecho (sobre todo nosotras) que ellos no se van a mover de donde están, aunque en el fondo no sea del todo cierto, o quizás es que simplemente nos ponemos demasiada presión a nosotras mismas. Nos sigue pareciendo de titular que un hombre se quede en casa a cuidar de sus hijos y a organizar comidas pero nos parece un retroceso que esa misma decisión la tome una mujer. Y hemos querido ser tan iguales a los hombres que hemos llegado a cometer los mismo errores que ellos: trabajo, trabajo y más trabajo a costa de todo lo demás, algo que tampoco es malo siempre y cuando sea lo que de verdad quieres para tu vida. Es justa la lucha por la igualdad de oportunidades, pero también es justo no querer para uno mismo lo que recrimina en los demás.

Lo que sí parece una tendencia, y no necesito ningún artículo para constatarlo, es que cada vez más profesionales (hombres y mujeres) están dejando, forzados o no, sus trabajos de alto nivel para elegir tareas más básicas y manuales y volver a los orígenes, a conectar con la tierra. La crisis también está poniendo de manifiesto lo desagradecidos que pueden ser según qué puestos, a los que regalas tu piel, tu familia y tu aficiones para llevarte a cambio una palmadita en el momento del adiós (con suerte). El artículo se pregunta si la sociedad se resiente por el hecho de que muchas “mujeres con un alto nivel de estudios” decidan abandonar las grandes empresas en las que trabajan para dedicarse a dar de comer a sus familias, en una clara referencia al “integrismo casero” en el que me incluyo, orgullosa. Hilando esta idea con la anterior, parece que dedicar nuestro tiempo (en femenino plural) a embotar mermelada, amasar pan o remendar la ropa de los niños tira por la borda el trabajo de siglos de feminismo en busca de la igualdad. A mí me parece que estamos mezclando conceptos, porque si algo ha conseguido el feminismo es precisamente darnos a las mujeres la capacidad de elegir. Y hacer pan, hoy por hoy y para casi todas las mujeres occidentales, es una opción que abrazar, como lo es trabajar 12 horas al día y pasar una semana sí y otra no fuera de casa.

Y dicho todo esto, yo hago pan, cocino todos los días, crié a mis hijas “con apego” sin saberlo y les coso los disfraces. Si tuviera más tiempo, seguramente haría más cosas. Lo hago porque me gusta, porque creo que es bueno, porque es sano y porque son algunos de los principios que quiero que mis hijas defiendan de mayores. Por suerte, también me gusta lo que hago cuando pongo un pie en la calle y gracias a mi hiperactividad, a mis dotes de malabarista y a un apoyo familiar a prueba de emergencias puedo con casi todo, aunque por supuesto hay renuncias. Mis padres me educaron para ser independiente (en todos los sentidos) y tener capacidad de elección, y eso es algo a lo que todos, hombres y mujeres, debemos aspirar. Yo no abracé conscientemente la ideología de ningún neogrupo pseudohipster. Solo tendí de manera natural a lo que me parecía más lógico y coherente con mi manera de pensar. Sin etiquetas. Sin activismos.

Os recomiendo la lectura del artículo entero, aunque nada más sea para reflexionar un poco.

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