Masas madre

Menudo disgusto tengo. Mis masas madre, las tres, en el cubo de la basura. Supongo que fuera de sus botes, abrazándose las unas a las otras. Pequeñas e indefensas, dormitaban en el frigorífico esperando su próximo destino. Trigo, centeno blanco y centeno integral mezclados con agua que se preguntaban en qué se convertirían, qué acompañarían, quién las disfrutaría. Pobres, si estaban en la flor de la vida… Esta foto es la última que conservamos.

Y es que tenía que pasar. Se va una de casa unos días, creyendo que lo deja todo atado y bien atado. Las niñas, atendidas. Los abuelos, tranquilos. La obra de la cocina, debidamente custodiada. Todo va bien hasta que una de las variables cambia. Poner patas arriba alguna parte de la casa lleva implícito aprovechar la ocasión para retirar del mapa todo lo inútil, lo pasado, lo que ya no sirve y que, sin saber por qué, sigues almacenando. En mi ausencia, alguien pensó que lo que había en esos botes de plástico, escaso, oscuro y maloliente, no debía seguir ocupando sitio en el frigorífico. No se daba cuenta de que no eran sino bacterias vivas, el origen de todas las cosas y la base de nuestra alimentación en este último año.

No pasa nada, claro. Se hace más y ya está, es solo harina y agua. Pero parece mentira cómo puede llegar una a encariñarse de algo tan simple y a la vez tan complejo. Lo que está claro es que las herederas vestirán desde el primer día algo así:

NO TIRAR A LA BASURA BAJO NINGÚN CONCEPTO.

In memoriam:

Panes In Memoriam

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