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No es nada del otro mundo. Solo pelar guisantes una tarde de primavera, con el pijama puesto. Escuchamos las canciones de los Payasos de la Tele y nos contamos nuestras cositas. Entre los guisantes que se van a la boca y los que se caen al suelo, el cuenco crece despacio, pero no tenemos prisa (ahora, no). Pensamos en cuándo los comeremos y en qué habrá de segundo. Queremos que salga ya nuestra canción favorita. Se nos iluminan los ojos cuando la cantamos. Y yo quiero que se pare el tiempo, pero sobre todo parar yo para disfrutar de ese momento sin pensar en el “terminadecenar-lávatelosdientes-vetealacama” de después.

Nos gustan los guisantes y estos frescos son tan buenos que se pueden comer hasta crudos. Los de Disfruta & Verdura venden en esta época una caja especial con dos kilos y todas las semanas sin excepción encargo una, porque sé que no durarán mucho y que hasta el año que viene no habrá más. Así que una vez por semana comemos guisantes frescos. Y una vez por semana dejamos de hacer otra cosa por pasar este ratito que ellas esperan con ilusión. Luego les doy la propina y les explico que eso es lo que hacen papá y mamá todas las mañanas cuando se van de casa: trabajar para que luego nos den dinero con el que comprar cosas como los guisantes que nos comemos. Y lo que sobre, a la hucha, que luego pasa lo que pasa. A ver si van calando los conceptos.

Por cierto: para la psicomotricidad fina, fetén.

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