Cups&Kids

Puede que no fuera el mejor día. Un sábado por la tarde, con lluvia y pasadas las 19.00. Y las expectativas muy altas. Tenía ganas de ver cómo había quedado Cups & Kids, ese sitio del que tanto se habla en el mundo bloguero-materno-infantil, porque a juzgar por las críticas y su propia descripción bien podría tratarse de mi propio negocio: una cafetería a la que los padres pueden ir con sus hijos para que los primeros se puedan tomar algo a gusto y los segundos, jugar sin molestar. Quienes me conocen saben que llevo tiempo repitiendo este concepto como un mantra, solo que yo lo había acotado a nuestro barrio babyboomero en el que los sitios para ir con niños se reducen a ludotecas… que tiene pelotitas la cosa.

Atraídos por la idea de “un café tranquilos” y tentados por una carta casera y ecológica, allá que nos fuimos esa tarde lluviosa de sábado. El sitio es bonito y el espacio para niños, suficiente y original (creo que dará mucho más juego el estupendo patio que tienen, cuando no llueva) pero la oferta de merienda me pareció bastante insulsa, saqué poco jugo a la zona de venta de juguetes y, sobre todo, me agobié con tanto barullo. Es verdad que no era buena hora y que lo suyo habría sido irnos pero nos quedamos un rato, en parte por ver si nos hacíamos con una mesita y en parte por ver qué tal (vale, sí: por cotillear). Adriana y Valeria encontraron fácilmente con qué jugar pero andaban desubicadas, sin saber muy bien por dónde moverse, aunque eso fue culpa del guirigay de niños que había. A mí me pareció más una ludoteca pequeña (sin piscina de bolas) con una zona de padres que una cafetería acogedora para padres con una zona de niños. Es decir, una buena idea (¿porque es la misma que la mía, quizás?) que no se ha plasmado del todo bien (¿sería más justo decir “no como la habría plasmado yo”, quizás?), porque le falta calidez, personalidad y el encanto que tiene darle tu toque a un proyecto de arquitectura e interiorismo. Esto no quiere decir que no sea interesante ir: la ubicación la hace ideal para un alto en el camino durante una excursión con niños por el centro y es más cómodo que ir a un bar de la zona, aunque nada más sea por el cambiador. Pero es así: cualquier expectativa que generes puede ser utilizada en tu contra ante un tribunal.

Volvimos entre semana para darle una segunda oportunidad. Yo, merendando y tecleando, wi-fi mediante (gracias); ellas, merendando y jugando. Más tranquilo, claro. Y con tarta de chocolate en la mesa. Así es fácil sentirse bien, sobre todo si tienes 3 años. Con 36, la tarta ayuda pero sigue faltando algo. Calor de hogar, música de fondo, una carta más entrañable, menos luz. Y menos euros en los precios. Bastantes menos.

Le subí la nota a un 7. La cosa es que, en mi imaginación, debería estar rondando el 10.

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