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Yo y mis conflictos interiores. Hoy: los cumpleaños infantiles. Un universo sobre el que filosofar donde las opciones son infinitamente mayores que las expectativas de los niños respecto a sus propias fiestas y, por tanto, donde los padres somos los únicos responsables de crear pequeños seres exigentes e inconformistas. Esa es la cuestión, y yo misma, buscando la dichosa coherencia, me contradigo todo el rato.

Porque me cuesta explicar con hechos que lo que quiero es un cumple tradicional, casero y natural, que los niños se lo pasen bien jugando sin que el homenajeado se convierta en el rey o la reina de turno, rodeado de súbditos que le hacen entrega de sus presentes, y que quede bonito y bien presentado sin ser megachuli-pastelón-hiperconjuntado. Los que me conocen dirán que cómo voy por ahí presumiendo de cumple sencillo, cuando los dos últimos que he organizado han sido lo más parecido a las Bodas de Caná que se recuerda en este siglo. Ahí está la cosa. Para mí, el cumpleaños de Valeria no tuvo nada del otro mundo pero, efectivamente, que todo sea casero requiere tiempo y esfuerzo, y por eso quizás parece más de lo que fue. De momento, a mí me compensa.

Sea como sea, la fiesta en cuestión estuvo genial así que ahí van unas cuantas ideas. Sin más.

El menú:

¿He dicho casero? Gominolas y nubes (muy fáciles aunque no os lo creáis y se pueden dejar hechas antes; las recetas están aquí y aquí). Batido de chocolate (no hace falta echarse las manos a la cabeza: es leche, cacao y azúcar mezclado con unas varillas, y un poco de leche evaporada que aporta cremosidad pero no grasa). Medias noches con embutido y pan de molde con crema de chocolate (que con la Thermomix se hace sola y sin ella, casi), y podéis encontrar recetas de todo, sin ir más lejos, en webos fritos. Un pan un poco más especial para los mayores (esto ya es vicio de la cocinera). La tarta de corazón para la cumpleañera. Un bizcocho más historiado, otra vez para los mayores. Embutido, queso, aceitunas, patatas fritas, palomitas… Más o menos lo de siempre, pero intentando que sea lo más natural posible. Y, si se puede, ecológico, porque ellos lo valen. (La foto no hace justicia a la mesa. Sin rencor.)

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La decoración:

En el año de Peppa Pig, ¿qué otra cosa podía ser? No consistía en llenarlo todo de cerditos pero había detalles que no podían faltar. La piñata y los gorros los encontré en una tienda del barrio y los platos, aquí, igual que el resto del menaje que simplemente iba a juego. Para la pared, una banderola y unos globos de lunares hicieron el apaño. (En nuestra urbanización hay una sala de uso común, no os penséis que nuestro salón es tan grande.) (Os lo tendréis que imaginar porque tampoco hay fotos. Yo no digo nada.)

La fiesta:

Me llevaba tiempo rondando la idea del photocall y decidí que era una buena ocasión para llevarla a la práctica. Buscamos una tela lo suficientemente grande como para que varias personas cupieran delante y la decoramos, cómo no, con muchíiisimos corazones. Adriana y Valeria trabajaron a destajo para pintarlos todos antes del sábado (gracias, Uita) y el mismo día de la fiesta, con la tela colocada, los pegamos. Al lado pusimos una caja con todo el atrezzo que tenemos por casa (disfraces, pelucas, narices de payaso, coronas de princesa, parches de pirata…) y eso sirvió para tenernos a todos entretenidos un buen rato. Y nos queda un precioso recuerdo de ese día porque todos pasamos por allí, en distintas combinaciones. (La de la foto, evidentemente, no soy yo.)

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