Caperucita

Ni la vida es tan bonita ni todos los espectáculos infantiles a los que vamos nos gustan, qué le vamos a hacer. Yo que me fui de casa este domingo por la mañana convencida de que a la vuelta podría recomendaros una obraza en el Teatro de Bellas Artes de Madrid, tengo que escribir que lo más bonito es el cartel.

Entendedme: no es que os vaya a salir una úlcera ni que vuestros hijos se vayan a marchar de allí llorando. Lo que pasa es que si recomiendo algo es porque nos ha gustado a todos, no solo a las niñas, y yo con Caperucita me aburrí (bastante). Quizás esta solo fuera la cuarta función desde su estreno; quizás cuando vas a un teatro “de verdad” esperas más que en uno de barrio; quizás le están dando demasiado bombo; quizás yo tenía el día malo o el escenario se les quedaba grande, pero pocas cosas se salvaron. Que un libreto pobre (“mi abuelita está enferma así que le llevo esta cesta para que se fortalezca”) y no muy bien representado se interrumpa para dar paso a un par de canciones supuestamente líricas no significa que sea una ópera. Fallos de principiantes, bromas cogidas con pinzas que se pierden antes de llegar al espectador y un decorado y un vestuario a los que no les falta sencillez pero sí imaginación. Si es difícil que una hora parezca eterna, a mí se me hizo larga. Adriana y Valeria se entretuvieron pero sin más: su reencuentro con la realidad después de una semana de encierro febril resultó menos emocionante que el día a día de Cenicienta. El teatro estaba lleno, seguramente porque todos habíamos pasado por caja en Atrápalo. Eso hizo que la butaca fuera menos incómoda.

Como casi siempre, menos es más. En Madrid hay muchos, muchísimos teatros pequeños, modestos, sin pretensiones, que son capaces en el mismo tiempo y con menos recursos de montar obras infantiles con las que disfrutan todos los públicos, y de poner el listón bien alto no solo a base de dignidad sino también de profesionalidad y amor al arte. Y no se anuncian en los suplementos dominicales. Ya os contaré.

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