Aún no hemos terminado nuestro proceso de humanización. 

EUDALD CARBONELL

MEH

Sería imperdonable que Adriana, teniendo como tiene genes burgaleses (sí, aunque a veces se le escape un “lajcosas”, sus orígenes son 100% castellanos), se perdiera una visita al Museo de la Evolución Humana ahora que en su colegio están viajando al Paleolítico. Da para mucho más pero nosotros, de momento, nos conformamos con explicarles (a ella y a Valeria, que siempre se lleva todo de propina) las ideas principales que se exponen en el museo: los yacimientos arqueológicos, las herramientas de los homínidos, la evolución de sus cráneos…

Arqueólogas

Se sentía cómoda con el tema y se afanó en explicarle a su hermana, que preguntaba insistentemente, qué hacían los arqueólogos con las piedras que sacaban y cómo las limpiaban. Sin embargo, me temo que detectó múltiples deficiencias en su exposición, pues la concentración de “¿Y por qué?” cuando pasamos a los cráneos y a la palabra clave (evolución) alcanzó niveles limítrofes con la insoportabilidad. “Es que tengo que hacer muchas preguntas para luego poder contarlo en clase”. No, si ya… Las palabras de su profesora en la última reunión (“están en la edad de hacer muchas preguntas; hay que intentar contestarlas”) retumbaban en mi cabeza. Cuánta presión, con lo difícil que resulta explicar el origen del hombre a una niña de cuatro años. Pero, lógicamente, fue lo que más interés despertó, porque junto con los cráneos pudimos ver a la plana mayor de homos y no tan homos, desde Lucy (la más sonriente de todos, arriba a la izquierda: mirad qué tres millones de años tan bien llevados) hasta Miguelón y el neanderthalensis (un chaval, a sus 500.000 primaveras).

HomosLa entrada de hoy, al revés que la mayoría, tiene mucha foto y poco texto. Para ilustrar un mensaje breve y directo: ¡una excursión al Cicely ibérico ya! Si aún necesitáis más motivación, no os perdáis el especial Desafío Extremo en Atapuerca de Jesús Calleja. A mí me encantó. Claro que no puedo ser parcial: soy de Burgos.

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