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Estoy por abrir una sección en este blog que se llame “Manualidades”, porque menudo ritmo. Esta ha sido nuestra particular máquina del tiempo con la que hemos viajado al pasado un par de cientos de miles de años para que Adriana pudiera explicar en clase las etapas de la Prehistoria.

Y diréis, y con razón: “Muy difícil es eso para una niña de cuatro años, ¿no?”. Pues sí, lo mismo pensé yo. En el colegio de Adriana trabajan “por proyectos” que, simplificando muchísimo, significa que en lugar de basarse en unidades didácticas aisladas y en ejercicios repetitivos, plantean una temática mucho más amplia que es común a todos los alumnos y a todos los cursos de Infantil y que se desarrolla en función de lo que los niños van descubriendo, siempre orientados por los profesores. Se supone que este tipo de enseñanza motiva más a los alumnos porque ven que responde a sus intereses y, además, se adapta muy bien a las distintas necesidades de aprendizaje que pueda haber en un aula. Yo la encuentro flexible y muy creativa, y más dinámica que hacer unas actividades pautadas en una ficha. Sin entrar a valorar si es mejor o peor que la “tradicional”, lo cierto es que en el colegio de Adriana se respira ilusión por parte de todos cada vez que empieza un proyecto nuevo (ya hemos pasado por los castillos, el espacio, los juegos tradicionales y el cuerpo humano) y, sin darse cuenta, los niños no solo están aprendiendo lo que se supone que va con ese en concreto, sino desarrollando su imaginación y alimentándola con la de los demás. Tiendo a pensar que una ficha no hace todo eso.

Volviendo a la Prehistoria, me pareció que una buena manera de que Adriana ilustrara las tres etapas y, sobre todo, de que tuviera un buen soporte en el que basar su explicación, por breve que fuera, era recrear de un modo muy esquemático y visual las escenas principales. Para ello usamos casi exclusivamente cosas que teníamos en casa (una plancha de poriespán del árbol de Navidad, restos de fieltro, arcilla, plastilina, una huevera, palos de brocheta, botones, un collar que ya no me ponía, papel pinocho rescatado de manualidades previas, la piedra volcánica del horno y, lo mejor sin duda, el apuesto príncipe de Blancanieves reencarnado en el más cromañón de los cromañones). Lo completamos con unas bonitas pinturas rupestres en la cueva paleolítica, animalitos domesticados en el Neolítico y los principales inventos de la Edad de los Metales.

Adriana se ha quedado con las ideas más o menos claras y hemos pasado un buen rato. Yo tengo superglue hasta en las pestañas, eso sí.

Detalles Prehistoria

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