Esta es la historia de dos niñas pizpiretas. De un padre que, a veces, trabaja en Barcelona. De un viernes de fiesta en Madrid. Y de una madre que se va con sus hijas a pasar un fin de semana largo en familia. Esta es la historia de un viaje en AVE.

Es la primera vez que van en tren y esos días hay mucha expectación en casa. Víspera de maletas, día de colegio y a las 17.00 a la estación. «Pide ayuda», le habían dicho a la madre. Pero la ayuda se queda en el andén y su figura desaparece, a lo lejos. Ella ya lo sabe; ella ya se imagina lo que va a ocurrir y por eso mira avergonzada al señor del asiento de al lado. Y al de detrás. Y al de delante. Todos muy serios, con sus ordenadores portátiles, sus iPad y sus corbatas, trabajando y hablando, igual de serios, por teléfono.

—Esto… Bueno, me gustaría pedirles disculpas de antemano, por lo que pueda pasar. —Al otro lado, sonrisas sinceras. De resignación, de compasión, quizás de solidaridad, al menos de cortesía.

Porque estas niñas normalmente son buenas, pero son niñas pequeñas. Y, con la emoción del viaje y el cole, no han dormido la siesta. Ni tienen la más mínima intención de hacerlo durante las dos horas y media de camino: hay demasiadas cosas que hacer y que ver como para estar durmiendo.

Primero, la merienda. Están las tardes de toros, los corrillos de neveras en las playas de Cádiz y luego las meriendas en el tren. Bufé libre: jamón, pan, galletas, chocolate, Actimel, agua, manzana. Todo a la vez, claro que sí, que las mesitas plegables de los asientos dan para eso y mucho más.

Después, un paseo para comprobar de primera mano que cada vagón no es igual que el anterior. En la cafetería, donde el ambiente suele ser más distendido, la madre tampoco se relaja. Quizás es que ella todo lo sigue viendo gris y que sus hijas tienen demasiados colores. Después de unas cuantas carreras, de saltar, gritar y jugar, la madre decide que es suficiente y se las lleva de allí. De vuelta en el asiento, intentan leer un cuento. ¿Puede a alguien más interesarle las andanzas de Filomena, ay, Filomena? No, pero la madre parece no darse cuenta y sigue leyendo. Visto el escaso interés que despierta la lectura, saca el papel y las pinturas:

—Dame la morada.

—No, é mía.

—Mamá, no me da la morada.

—Dale la morada a tu hermana, anda.

—Ayyyy, que se me ha caído la tapa.

—Uy, pues luego la cogemos porque, ¿sabes qué? Entre tu hermana, la mochila, el jamón, el pan, el iPad, la caja de pinturas, el cuento, el libro que he intentado abrir para leer yo y la botella de agua… es que no llego.

¿Puede una madre molestar más que sus dos hijas pequeñas? Por supuesto. Y mucho. Por eso se disculpa también 600 kilómetros después y hace propósito de enmienda.

El viaje de vuelta se hace mucho más corto. Porque nos traemos en la maleta:

  • Haber vuelto a Barcelona, y descubrirla por primera vez.
  • La compañía de viejos y nuevos amigos y, cómo no, de la familia.
  • Los paseos por Las Ramblas con nuestros paraguas abiertos, llueva o haga sol.
  • Las sombras chinas de Li o Malic de la China en el teatro La Puntual, increíble para las tres aun siendo en catalán (gracias a sus antecedentes profesionales, la madre puede ir traduciendo a las niñas y hacerles, al final, un resumen). Y unos cicerones de lujo.
  • Las ganas de un baño en la Barceloneta en una tarde lluviosa (habrá que echarles la culpa a los genes burgaleses).
  • La increíble pizza Libero del Topo Gigio, que ya hemos copiado vilmente en casa (tomate natural, mozzarella, bresaola, pesto de rúcola, aceite de trufa y crema de vinagre balsámico, estos tres últimos en pequeñas pero justas dosis).

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