De alguna manera había que compensar tradiciones. No me voy a poner con el rollo antiamericano, entre otras cosas porque a mí lo más americano de lo americano me da de comer, buñuelos y más cosas. Pero sí que es verdad que con tanto Halloween, tanta calabaza y tanto caramelo nocturno parece que se nos olvida que en España el día 1 de noviembre siempre han pasado otras cosas, entre ellas las de la foto.

Mi padre cocina muy bien, pero si tuviera que decir cuál es su plato estrella creo que sería este. Y, mira tú por dónde, tampoco lo había hecho nunca. Esto de llevar un blog es una buena excusa para tener bien localizada una receta y, de paso, ponerla en práctica. El mérito no es mío porque la receta estaba ya más que probada y requeteprobada (unos 20.000 buñuelos y un montón de comensales satisfechos han dado fe de ello año tras año): yo me he limitado a ejecutarla y redactarla aquí. Del tamaño justo de un bocado, son tan finos, esponjosos y ligeros que os parecerá que le estáis dando un mordisco al viento.

Ingredientes para la masa (unos 80 buñuelos. ¿Muchos? ¡Jamás!):

– 250 ml de agua

– Una pizca de sal

– 100 gramos de mantequilla

– 200 gramos de harina de repostería

– 7 huevos (o 5 huevos y las 2 claras que os sobren de hacer la crema pastelera)

– Aceite de oliva suave para freír

Ingredientes para la crema pastelera (si se quieren rellenar todos los buñuelos a la vez habrá que hacer el doble de cantidad de crema):

– 500 ml de leche entera (aunque también sale, un poquito más líquida, con desnatada)

– Una ramita de canela

– 150 gramos de azúcar

– 50 gramos de harina

– 2 yemas de huevo

– Una cucharadita de mantequilla

Preparación:

Vamos a empezar por la crema pastelera, aunque en realidad se pueden ir haciendo las dos cosas a la vez.

– Calentamos la leche con la ramita de canela en un cazo y esperamos a que rompa a hervir. En ese momento, retiramos el cazo del fuego, quitamos la canela y dejamos que la leche se enfríe. Aparte, separamos las yemas de las claras, que utilizaremos para la masa de los buñuelos. Mezclamos muy bien la harina con el azúcar (se pueden tamizar ambas cosas juntas o usar el viejo truquito de meterlas en una bolsa cerrada con aire y darle unos meneítos). Cuando la leche esté templada, añadimos a la harina y el azúcar las yemas de huevo batidas con un par de cucharadas de leche, y removemos bien hasta que quede como una papilla espesa. Después, incorporamos esa papilla al cazo con el resto de la leche y lo calentamos a fuego medio removiendo con las varillas hasta que rompa a hervir como si fuera una bechamel. (¿Que no has hecho nunca una bechamel? ¿Que no te sale? Pues es muy fácil: pon el fuego no muy fuerte, remueve con las varillas hasta que salgan pompas gordas, déjalo un minuto o dos, sigue removiendo, quita el cazo del fuego. Sigue removiendo. Ya está). Retiramos el cazo del fuego y, mientras se va enfriando la crema, removemos con la varilla de vez en cuando para que no quede ningún grumo. Al final, añadimos una cucharadita de mantequilla y la disolvemos bien, de esta forma la crema quedará más cremosa, valga la redundancia.

– Vamos ahora con la masa. Ponemos en un cazo al fuego el agua con una pizca de sal y la mantequilla. Removemos bien para que la mantequilla se disuelva por completo y esperamos a que rompa a hervir a borbotones. En ese momento, quitamos el cazo del fuego y echamos toda la harina de una vez y removemos hasta que no queden grumos. Dejamos que se temple (importante para que los huevos no se nos cuajen). Vamos incorporando los huevos uno a uno: primero las dos claras, y amasamos bien (puede ser con una cuchara), después un huevo, amasamos, otro huevo, amasamos… Así hasta el quinto, que tendréis que ver sobre la marcha si hace falta echarlo o no (depende del tamaño de los huevos; yo solo he usado 4 huevos y las 2 claras); otra opción es batirlo e ir incorporándolo poco a poco según veamos que hace falta. El resultado de tanto huevo tiene que ser una masa no muy líquida que se separa de la cuchara con relativa facilidad.

– Lo que yo he hecho, para agilizar el proceso, es poner lo primero de todo la leche de la crema a hervir con la canela, separar las yemas de las claras y hacer la masa mientras se enfría la leche. Una vez hecha la masa, la he dejado reposar y mientras tanto he terminado de preparar la crema.

– Freír los buñuelos y que queden redonditos es más fácil de lo que parece. Y que conste que para la foto he puesto los más bonitos, claro, pero no vamos a marginar a los pobrecitos que han salido más escuchimizados, o más larguiruchos, que están todos igual de buenos. Ponemos en una cazuela o en un cazo abundante aceite (es decir, que los buñuelos puedan nadar, tirarse de cabeza, chapotear y bucear), a fuego medio. Con una cuchara cogemos un poco de masa y nos ayudamos con otra, mojada en el aceite, para separarla y echarla directamente al aceite. Enseguida se empezarán a inflar como si fueran gaitas gallegas y se pondrán a dar vueltas por la cazuela. Ahí es cuando os tenéis que poner el delantal y el gorro de churrero, porque hay que darles vueltas y vueltas con la espumadera para que se doren por todas partes igual, porque si no, los muy traidores, siempre se tumban por el mismo lado.

Os quedarán cuernecillos: no pasa nada. Si alguien de naturaleza hiperperfeccionista como yo puede vivir con ello, vosotros también, de verdad. Con un poquito de paciencia se van quitando (si se quiere, que no es obligatorio) y luego podemos sacar una receta de cuernos de buñuelos igual que hay por ahí algunas de agujeros de donuts, que será por recetas. Con una manga pastelera hacemos un agujerito en cada buñuelo y los vamos rellenando con la crema. Los untamos con azúcar o azúcar glas (al gusto) y… a ver quién es el más rápido.

Estos van a la salud de don Santiago, que lleva ni sé los años invitando él a buñuelos.

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