Yo no quería que este fuera un blog de recetas, de verdad que no. Lo que pasa es que se han juntado en el tiempo y en el espacio dos acontecimientos estratosféricos que me han obligado a ello, de verdad que sí. El primero, que aprovechando el último puente estuvimos pasando el día en Pineda de la Sierra (Pinewood of the Saw, por si hay alguien de Burgos) y, entre otras cosas, cogimos unos cuantos kilos de manzanas estupendas de esas ácidas que a mí tanto me gustan. El segundo, que creo que soy el único miembro de la familia (carnal para unos, política para mí) que aún no ha hecho con sus propias manos la famosísima tarta de manzana de la abuela Tere, o la tía Tere, o simplemente Mari Tere. Tengo manzanas y quiero hacer tarta, ergo lo pongo en el blog. ¡Dicho y hecho! Esta receta es fácil, riquísima (sobre todo para los golosos, que por aquí hay muchos) y, desde ahora, una tradición familiar con la que le rendimos nuestro pequeño homenaje desde aquí… hasta allí.

Ingredientes:

– Manzanas. Una obviedad, ya. Pero, ¿cuáles? ¿Cuántas? Pues las que más os gusten y hasta cubrir la superficie del molde dos veces. Lo suyo son las reinetas pero, en este caso, hemos usado las que cogimos el otro día, claro, cuyo nombre científico es tipo de sidra. Eso quiere decir que son ácidas y también pequeñas, así que tuve que usar cinco o seis, menos lo que me comí mientras montaba la tarta (ejem).

– 2 huevos.

– 2 tazas de harina de repostería. Ya empezamos. ¿Qué taza? Pues ni mugs ni moccas, la del café español de toda la vida. O sea, pesando la harina, unos 90 gramos por taza.

– 2 tazas de azúcar, de esa misma taza.

– 2 tazas de leche, ídem.

– 1 sobre de levadura tipo Royal.

– Un poco de mantequilla para untar el molde.

Mientras se calienta el horno (vacío, y con calor arriba y abajo) a 200 ºC, vamos untando con mantequilla la base y los bordes del molde. Tamizamos una taza de harina con medio sobre de levadura y lo mezclamos con otra taza de azúcar. Echamos esta mezcla en el molde, nivelándolo como podamos, por ejemplo dando unos golpecitos con el molde sobre la mesa. Sobre esta base vamos colocando la manzana cortada en gajos al estilo de las tartas de manzana de siempre (y aquí nos esmeramos un poco en ponerlas juntitas y rectas, ¿eh?, que cuesta lo mismo hacer las cosas bien que mal), y cubrimos la superficie completamente. Aparte, batimos un huevo, lo mezclamos con una taza de leche y lo incorporamos a la mezcla anterior, sobre la manzana. Repetimos la operación: harina-levadura-azúcar (aquí el tema de la nivelación se complica, pero  tampoco hay que obsesionarse: lo que la naturaleza no da, el horno lo arregla), manzana, huevo-leche. Por último, espolvoreamos la tarta con azúcar (al gusto) y ya está. Solo falta hornear: más o menos una hora a 190 ºC, si es con aire igual hay que bajarlo un poco. Para saber si está hecha, pinchamos con un palo de brocheta (porque ya nadie tiene agujas de tejer en casa) y si sale limpio es que está suficientemente cocida. Ojo con que no se queme la manzana, ¿eh? Caramelizada, mola; quemada, caca. Dejamos que se enfríe y que llegue la hora del café para hincarle el diente.

¡A tu salud, Mari Tere!

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