Solo cinco minutos

23 abr

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Como los que he encontrado hoy para escribir esta reseña para el Día del Libro. Ya no recuerdo cómo di con estos 25 cuentos para leer en 5 minutos. El caso es que me pareció que tenía un formato cómodo y que ofrecía unos títulos sugerentes, así que me lo llevé a casa. De primeras, Adriana y Valeria dijeron que tenía mucha letra y poco dibujo, acostumbradas como están a otros libros visualmente muy espectaculares. Pero nada más terminar de leer el primer cuento, decidí racionarlos a dos al día para que el libro nos durara un poco.

Aunque no siempre se leen en cinco minutos (porque… ¿y por qué?, ¿y por qué?, ¿y por qué?) son cuentos breves, sencillos y entretenidos, y todos tienen una sorpresa que a veces cuesta encontrar, lo que hace la lectura aún más interesante. Y además es un libro “de bolso”, o sea que puede servir también para llenar esos cinco minutos potencialmente peliagudos. Por ejemplo: en la sala de espera del médico. Un, dos, tres, responda otra vez.

Si os pica la curiosidad, tenéis dos de los 25 aquí.

¡Muy felices lecturas para todos!

La caja medio llena

2 abr

Finn Herman

Aunque no os lo creáis, en esta casa se respiran de vez en cuando momentos de paz y tranquilidad. Son breves y escasos, pero existen, y suelen ser alrededor de un cuento o de una manualidad. Desde hace un tiempo, todos los meses tenemos una excusa para combinar estas dos actividades pacificadoras: la caja My Little Book Box que ha creado Boolino para fomentar la lectura entre los pequeños.

El concepto es igual que el de cualquier caja de suscripción periódica, sea de fruta, de verdura o de cosmética: en este caso, el contenido es un cuento y material para tres actividades plásticas relacionadas con la temática del libro. Aunque cuando lo conocí pensé que era una excusa para vender material de papelería a padres sin imaginación ni tiempo, he terminado por admitir la cruda realidad: no, la mayoría de los padres no tenemos imaginación, y mucho menos tiempo, así que las ideas buenas y bien presentadas son más que bienvenidas. Después de algunas cajas, lo único que no me convence es el nombre (no entiendo por qué algo tan largo y tan “en inglés”). A cambio, estas son algunas razones por las que me gusta:

- Te suscribes a una caja mensual, pero no tienes obligación de gastarte todos los meses los 18,90 € que cuesta. Si alguna caja no te interesa, la cancelas y punto.

- A finales de mes recibes un email con información sobre el cuento y las actividades que te tocan, y decides si lo quieres o no. Además, ves lo que traen las cajas de las demás franjas de edad (hay cuatro en total) para que la cambies si lo prefieres.

- Es perfecto para regalar: puedes comprar una caja suelta o usar la que vayas a recibir ese mes para algún cumpleaños que tengas cerca. A mí me parece un regalo completo y original.

- Los libros propuestos son joyas de la literatura infantil: nosotras hemos hecho grandísimos descubrimientos en estas cuatro cajas que llevamos. Incluyen una guía de lectura para que los padres podamos dirigir un poco la interpretación del cuento e instrucciones para hacer las actividades.

- El material que incluye es el necesario para las manualidades y también de muy buena calidad. Todo está cuidado al detalle y al final tienes la sensación de que, en conjunto, vale lo cuesta.

- Da para tener a toda la familia entretenida dos o tres tardes tranquilamente. A mí me ha venido fenomenal para estos meses de frío con recién nacido en casa (claro que no hay que quitar méritos al recién nacido, que nos ha dejado hacer manualiadades y de todo sin quejarse ni un poquito).

maceta-vacia

Y para muestra, nuestra caja de febrero. El cuento: La maceta vacía. Las actividades: unas macetas de arcilla, unas hojas de papel para hacer flores y un dragón chino de goma eva. Con el dragón estuvimos toda una tarde y quedó muy chulo. Y el cuento… pues es nuestro nuevo SUPERFAVORITÍSIMO. Tiene todo el sabor de la antigua China, dibujos de porcelana, una historia preciosa y, encima, moraleja sin resultar ni un poquito pedante ni previsible. Y los niños la calan enseguida, tomad nota si no lo que dijo Adriana nada más terminar de leerlo: “Mamá, este libro lo tengo que llevar al cole para que lo lea la profe en Atención Educativa, porque va de modelos positivos y modelos negativos”. Toma ya.

Normalmente la actividad la terminamos Adriana y yo empleándonos a fondo mientras Valeria nos ameniza la tarde con el baile del gorila (hay que fastidiarse) y Gonzalo le hace los coros a ritmo de “agú-agú” desde su trona. Muy completo, como veis.

Dragón chino

Tengo una mami lechera

28 mar

15dias

Fotografía: Pilar Villalain

¡Y no es una mami cualquiera!

Vuelvo con ganas de marcha porque lo hago con mi gran tema favorito: la lactancia materna. Un tema que podría enfocar de muchas formas y ninguna sería la correcta porque pocas cosas se prestan tanto a las opiniones externas como las decisiones de una madre. Mi punto de vista al respecto se resume en tres palabras (teta sí, siempre), pero voy a intentar que esta entrada sirva para animar a las primerizas que puedan estar leyéndola a dar el pecho y que en ningún caso se interprete como una crítica a las que no lo hacen. Aprovecho también para presentaros a Gonzalo, que ha venido a equilibrar las dosis de princesismo de esta familia a golpe de Gormiti y que ya tiene dos meses más que en esta foto. Quizás no se aprecie bien la aureola, pero es un SANTO.

Creo que una de las razones que me han llevado a escribir esto fue una noticia que leí hace tiempo: solo el 18% de las madres españolas sigue las recomendaciones de la OMS de dar el pecho hasta los seis meses. Y lo que más me llamó la atención fue esto otro: aunque la madre quiera amamantar, el camino no siempre es fácil. Porque la realidad es esa, que algo tan natural e innato en las mujeres —y en los recién nacidos— como es lactar, resulta ser, en la práctica, un reto difícil que muchas mujeres no consiguen superar.

Esta es mi tercera lactancia materna en menos de seis años y llevo muchas horas de vuelo con las dos anteriores. Aunque para mí las tres han sido “exitosas” —en el sentido de que los niños se han criado bien, yo no he tenido grietas ni mastitis y hasta la fecha las he prolongado todo lo que mis hijos y yo hemos querido—, en la primera los comienzos no fueron tan fáciles como en las otras dos. Con el paso del tiempo, me doy cuenta de que fueron las inseguridades propias y las influencias ajenas las que casi convierten en problemático algo que estaba funcionando bien. Pero la información es poder y una de mis mejores amigas me hizo el que de verdad es un regalo para toda la vida: el famoso libro del pediatra Carlos González sobre la lactancia materna. Es la fuente de información que te permite hacer caso omiso al 80% de los comentarios que escuchas cada día desde que nace tu hijo y que es capaz de resolver cualquier duda mirando el índice. Sí, eso que te pasa también está explicado ahí, y tiene una solución que no es dejar de dar el pecho. Incluyendo la mastitis.

Por el camino me he encontrado con mujeres que han elegido no amamantar, con mujeres que lo han hecho sin problemas igual que yo y con muchas otras a las que se les ha hecho más cuesta arriba por problemas derivados del parto, del posparto o del bebé. Muchas de estas últimas han conseguido dar el pecho en exclusiva a sus hijos gracias a una enorme fuerza de voluntad y a un apoyo impagable que las ayudó a pasar mejor los malos ratos y les infundió ánimos cuando pensaban que no valdría la pena tanto esfuerzo. En ese 18% del que habla el artículo habrá muchas madres que han decidido voluntariamente dejar de dar el pecho pero también muchas otras que lo han hecho sintiéndose frustradas, incluso fracasadas, y por desgracia mal asesoradas.

Como con casi todo, las opiniones respecto a la lactancia materna pueden llegar a ser bastante radicales, y es fácil criticar a la que no hace lo mismo que tú. Yo creo en el esfuerzo y la voluntad, y dar el pecho a mis hijos forma parte de mi visión integral sobre la alimentación en general y la infantil en particular. Aun así, soy consciente de que no siempre es un camino de rosas. Por eso estos son, para mí, los puntos de partida para una lactancia feliz:

- Ten toda la información que puedas antes de dar a luz, y apóyate en profesionales sanitarios —matrona, pediatra, enfermera— que piensen como tú. Lamentablemente, muchas veces son los propios sanitarios los que fomentan el biberón en lugar de ayudar a una madre que quiere lactar y no sabe muy bien cómo.

- Todas las mujeres pueden dar el pecho y todas tienen la cantidad y la calidad de leche que su hijo necesita, aunque no siempre se refleje en la curva de peso. Si quieres que tu lactancia materna salga adelante, evita la tentación de dar biberones, sobre todo al principio. Y, si puedes, olvídate también del reloj: cada niño es un mundo.

- Los bebés nacen con hambre y lloran. La manera de que dejen de llorar es ponerles al pecho al principio, todo el rato. A veces, eso significa muchas horas, de día y de noche, y es duro después de dar a luz. Pero son unos días y las mujeres de hoy no tenemos 20 hijos, así que no tenemos que pasar por eso 20 veces en nuestra vida.

- Las grietas solo salen por una mala posición del bebé. Infórmate, cuida siempre que la posición sea correcta y pide ayuda siempre que la necesites: en el hospital, en tu centro de salud o en redes de mujeres lactantes. Sea quien sea, que tenga criterio, y confía en que te va a ayudar.

- Dedícate a lactar en cuerpo y alma, ahora es tu trabajo: es como cocinar para tu bebé el plato más sabroso y nutritivo que puedas hacer. Eso lleva tiempo y a veces es muy cansado pero merece la pena. Además… no creo que haya nada más casero ni ecológico, ¡y gratis!

- Cuando tu bebé y tú le hayáis cogido el tranquillo a la lactancia materna, verás que es mucho más cómodo, práctico y rápido que dar biberones. Lo tienes que hacer tú y nadie más que tú, es verdad, pero, otra vez: ¿cuántos hijos vas a tener y durante cuánto tiempo van a ser bebés?

- Y tal vez lo más difícil: quítate de encima toda la presión que puedas y disfruta de tu bebé. Da el pecho todo el tiempo que tu bebé y tú queráis, pero hazlo tranquila y convencida.

 

Dos listas muy listas

30 dic

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Vamos con un poco de retraso en nuestro asesoramiento anual a los Reyes Magos pero supongo que estas alturas eso ya no es ninguna novedad. Lo bueno es que gracias a estas ciclogénesis explosivas navideñas hemos tenido tiempo para juntarnos las tres Marías y escribir nuestra primera entrada conjunta en el blog. Es un placer para mí presentaros, en riguroso directo, las recomendaciones de Adriana y de Valeria con sus cuentos favoritos de este año. Ya he contado más veces que las dos leen, escuchan y ojean todos los cuentos que tienen pero, si os dejáis guiar por sus preferencias y por si sirve de orientación, Adriana va por los cinco años largos y a Valeria le quedan un par de meses para cumplir los cuatro.

Adriana:

- Los vestidos de mamá: «La parte que más me gusta es cuando la mamá se pone el vestido de flores y de corazones porque la niña revolotea por las flores y se sienta en un corazón.»

- Margarita: «Porque va a coger la estrella y luego le riñe su papá y ella la quería para hacerse una joya.»

- Sopa de calabaza: «Porque al final todos juntos se ponen a hacer la sopa y se les olvida que han discutido.»

- ¿Puede pasarle a cualquiera?: «Porque su mamá aprende que las cosas no solo se les caen a los niños sino también a los papás por la noche.»

Valeria:

- Así te quiero, mamá: «Por los dibujos, porque son de niños y hay muchos colores.»

- La cebra Camila: «Porque el arco iris le da rayas de todos los colores.»

- Pequeño azul y pequeño amarillo: «Porque luego se juntan y se ponen de color verde, y porque en el colegio todos los amigos de todos los colores se abrazan y se vuelve todo multicolor.»

- Antípodas: «Porque la niña pasa y pasa y pasa y pasa y pasa hojas, y atraviesa el mundo.»

Doy el visto bueno como madre, por supuesto, aunque leyendo estas reseñas veo que me tengo que dar por aludida más de una vez y de dos.

A qué saben los cuentos

6 dic

Espacio Kalandraka

Hace muchísimo tiempo que no recomiendo nada, lo sé. Pero qué voy a recomendar, si lo más exótico que me ha pasado en los últimos meses es cambiar la línea 3 de Metro por la 1 con un transbordo en la 6. Si lo más lejos que llego es a la oficina. Si enciendo el horno lo justo para que no le salgan telarañas. Si cuando por fin tengo 10 minutos libres se me cierran los ojos, se me duermen las manos y no me sujetan los pies. Si esto últimamente parece un blog de autoayuda.

Por suerte para todos, hay luz al final del túnel (o al principio, que es adonde nos encaminamos otra vez en esta familia). Y la ves cuando menos te lo esperas: un sábado por la mañana, sin ningún plan concreto, Twitter te da la información y decides ir a inspeccionar. Te llevas un cuentacuentos extraordinario y un par de favoritos nuevos para la biblioteca infantil.

Si os gusta leer cuentos con vuestros hijos, seguro que conocéis la editorial Kalandraka. Pues ya tienen sitio propio en Madrid, en el Barrio de las Letras. Acaban de abrir “Espacio Kalandraka“, en un local chulísimo donde Belén, Manuela y muchos personajes conocidos te reciben con los brazos abiertos. Hay que estar atentos porque además de cuentacuentos quieren ser un punto de encuentro de autores e ilustradores, y también desarrollar otras muchas actividades. A nosotras el cambio de aperitivo del sábado nos supo muy bien.

Os podría recomendar cualquiera de sus títulos, pero hoy os dejo los dos que eligieron Adriana y Valeria: La ratita presumida y Mamá (ideal sobre todo si quien lo lee es la madre por aquello de subirnos un poquito la autoestima, y tal). Y, sin duda, sus colecciones de minilibros, o cómo siete cuentos enormes pueden ocupar menos que un paquete de pañuelos y sacarte de muchos más apuros.

Adriana con cuentos

 

Perdona que no me levante

22 nov

Asiento preferente

Esto que os cuento hoy le ha pasado a una amiga.

Mi amiga vive en Madrid y tiene dos hijas pequeñas. Como es muy animada (o, como suele decirle la gente, “está muy loca”), va a tener al tercero dentro de bastante poco. Y como le va la marcha (lo que se suele conocer por “complicarse la vida”), lleva a sus hijas al colegio en metro todas las mañanas y después se va a trabajar. Y por el mismo procedimiento las recoge por la tarde, siempre con su mochila a cuestas donde lleva el ordenador, el táper con su comida y la merienda de las niñas.

Me cuenta que últimamente el metro de Madrid va muy lleno. Que deben de haber bajado la frecuencia de los trenes, o algo así, no se sabe muy bien, pero que a las 9.30 de la mañana, en la línea 1 pasan casi 6 minutos entre un tren y otro. Y mi amiga a las 9.30 ya lleva casi tres horas despierta y ha hecho muchas cosas, y carga con una barriga por delante y una mochila por detrás que pesan casi lo mismo.

Me dice que entra en el vagón sin querer dar pena, aunque preferiría encontrar un asiento libre. Pero que el metro está muy lleno, y que ella parece ser invisible, pese a su volumen. Le gusta pensar que pasa desapercibida, pero sabe que no es una ilusión óptica: su tripa SE VE.

Aun así, de pie, agarrada a la barra y con su mochila descansando en el suelo, ladeándose como puede para dejar paso a más gente, mi amiga se entretiene pensando en las tretas que usa la gente para que quien se levante sea otro:

  • Las señoras de mediana edad, esas que no quieren ser mayores pero entran en el vagón a codazos, que la miran desde su asiento con la autoridad moral que les da saberse merecedoras del derecho a ir sentadas.
  • Otras, más jóvenes, que van tan enfrascadas en su conversación que no se dan ni cuenta de que alguien ha colocado un bulto frente a ellas.
  • Los hombres cincuentones que simplemente miran para otra parte.
  • El que va leyendo un libro y finge no haberse enterado.
  • Los del móvil (casi todos). Es complicado levantar la vista del teléfono cuando el Whatsapp no para de sonar.
  • Las que directamente la miran de arriba abajo (suelen ser mujeres) y no hacen ni el más mínimo amago de disculparse.
  • El que por fin se levanta y le dice, no sin condescendencia: “Anda, siéntate” (“que si no fuera por mí…”).

Mi amiga el otro día fue al centro sola con sus dos hijos y medio. A la vuelta, la pequeña iba dormida en la silla y la mayor no podía con las piernas. El metro estaba lleno, como de costumbre, y ella se quedó de pie sujetándose a sí misma, a la mayor y la silla. Alguien por fin se levantó, y mi amiga dejó que la mayor se sentara. Alguien más le cedió su asiento, no contiguo, y ella lo aceptó, siempre sujetando la silla donde dormía la pequeña. Solo una señora separaba a la niña de su recostarse bajo el brazo de su madre. Dos paradas después, mi amiga se atrevió a decir a su vecina de asiento: “Perdone, ¿le importa a usted cambiarle el asiento a mi hija?”. Tan obvio que hasta le daba vergüenza.

Pero ya os digo que esto me lo ha contado una amiga…

A mí, que me lo expliquen

2 oct

Date prisa

Esta vez no traigo consejos ni recomendaciones. Más bien todo lo contrario: esta es una entrada de auxilio, un S.O.S. a todas las madres y padres que, juntos o por separado, consiguen bañar, alimentar y acostar todas las noches a sus hijos a una hora decente. Porque de verdad, quiero saber, más bien NECESITO saber cómo lo hacen. Cómo lo hacen los demás para pasar largas tardes en el parque (que os vemos desde la ventana y sabemos a qué hora os marcháis) y, con todo, tener a sus retoños soñando con los angelitos antes de las 21.00. Que llevamos casi un mes de cole y aún no hemos conseguido dejar de meternos en lo que cualquiera calificaría de “horario adulto”.

Así que este es mi cuestionario:

- ¿Haces todo lo posible por llegar a casa antes de las 20.00?

- ¿Bañas o duchas a tus hijos y lo más rápido que puedes no siempre es lo más rápido que ellos quieren?

- ¿Preparas algo digno de cenar o lo calientas si la tarde se te ha dado tan bien como para dejarlo hecho?

- ¿La cena es conjunta de padre, madre e hijas o solo de madre e hijas, según el día?

- ¿Incluye agua, pan y postre, y el postre se alarga al infinito si no intercedes, cuchara en mano?

- ¿Pronuncias unas 80 veces el subjuntivo (convertido en imperativo) “venga” y otras tantas el plural “vamos”, estirando mucho las primeras vocales de cada verbo?

- ¿Cuando van a lavarse los dientes sacan, además, todo lo que hay en el armario mientras tú vas detrás como un autómata diciendo “no” y guardando?

- ¿Mientras hacen pis cantan todas las canciones del Cantajuegos y les entra la risa floja?

- ¿Aún así te queda humor para leer un cuento (o dos si son pequeños), darles agua otras cuatro veces y ofrecerles la manita después de apagar la luz?

Si la respuesta a todo lo anterior es “Sí”, entonces tu resultado tiene que ser las 22.00. Y si tienen que levantarse antes de las 8 de la mañana, entonces no llegamos a las 10 horas de sueño que, al menos con tres años, resultan insuficientes. Y aquí está el dilema. Si consigues hacer todo lo anterior más rápido, por favor deja un comentario más abajo y cuéntame cómo. Mi estabilidad mental y la de mi familia te lo agradecerán siempre.

Claro que quizás el quid de la cuestión está en este artículo cuya lectura recomiendo como curiosidad, como reflexión y porque plantea debates interesantes, por ejemplo la jornada intensiva para niños y mayores. Lo de comer a las 16.00 y que los niños se duerman pasadas las 22.00 es un socorrido tema de conversación cuando estás entre colegas europeos pero eso no quita para que te saquen un poco los colores.

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